viernes, 13 de noviembre de 2009

POR EL CAMINO REAL

Este cuento que viene a continuación es de mí querido y recordado padre, lo encontré en sus archivos personales, Alejandro Escobar Ballestas. El primer veterinario que tuvo la región del Chimicuica y los playones.
POR EL CAMINO REAL


El jinete atraviesa el verde playón, y la tarde lluviosa por el Rincón de los Espantos. Cabalga sobre brioso corcel alazán dorado, lucero chorreado en la frente. Al compás de agua servida desde nubes bajas, también cierne profundos pensamientos. A pocos pasos de la costa, el caballo gira cabeza y orejas hacia un frondoso árbol de campano donde se oyen lamentos y gemidos. El jinete dirige hacia allá su cabalgadura. Pegada la cabeza al tronco del árbol, un hombre llora desgarradamente. Por uno minutos el jinete observa al afligido. Es un hombre joven cono él, no mayor de treinta años.
– ¿Qué te ocurre buen hombre –le pregunta –por qué lloras?
El hombre de los lamentos vuelve la cabeza y receloso contempla el extraño jinete que se cubro con un encauchado negro y capucha, encima blanco sombreo aguadeño de anchas alas. El aspecto le parece fantasmal. Blandiendo un cuchillo de plateado filo curvo y lomo oscuro como el bocachico, se le acerca, le toca el tobillo y de paso corre los dedos por la roseta de la espuela para oír el timbre del acero y piensa: “ Es de este mundo”. Con la cabeza levantada, mirando la “ hoja en cruz” que pende del cinto del jinete le dice:
– Señor, mi mujer, Sabina, me la llevó un gitano hace tres días. Me acompañaba hace más de diez años; la que atizó mis ardientes pensamientos; la inspiradora de mis más cariñosas palabras, la que movió mi diario laboreo, señor, se me ha ido, dicen que pa’ Cavica. Yo no sé donde queda Cavica. Nadie lo sabe. ¡Cristo mio donde queda Cavica!.
Las lagrimas lo invaden nuevamente. Agarra el cuchillo y lo hunde en la corteza del árbol donde ha dibujado una figura cardio-sexual. Es un triángulo en forma de corazón con un agrieta central que llega hasta el vértice inferior. De la parte superior del triángulo brota una especie de bello púbico.
– ¿Te dejó hijos?–inquiere el jinete.
– No, señor, por fortuna es de matriz seca. Se la daño por orinar sobre huesos relicarios de la mula del Santo Pesebre de Belén. Mujer laboriosa si la hay en este mundo, nueva todavía, firme de carnes como blanda de corazón; querendona y cómoda en la cama. No alcanzo a comprender qué le pasó por la mente. O qué maranguango le echó el maldito gitano. Me ha dejado este tormentoso sufrimiento, unas polleras de satín y una totuma labrada. Reparo todas las mujeres y no veo, señor, a Savina la mía –el jinete lo interrumpe.
– Sigue este mismo camino que traigo y sales al camino real. A una legua de aquí encuentras a la derecha mano una casa pintada de solferino; en la puerta florece una trinitaria lacre. Allá encontrarás una hermosa hembra de apenas veinte años. La morenes de su piel te va a sorprender: es como amasijo de lirio blanco bajo tenue capa de miel de búngura. Dos esmeraldas móviles tiene por ojos Afelpado lunar en la mejilla al lado del hoyuelo, ayuda a darle brillo a su sonrisa. También es estéril. Aprieta el paso antes de que te caiga la noche encima y suelten los perros. Empuña estos pesos para el pasaje y los avíos. La belleza que te pinto corresponde a Zoraida, mi mujer. No sigas llorando. No seas pendejo.¡ Llévatela!.
Sereno, el jinete corre los talones por los ijares del caballo ocultándose tras las sombras y la incontaminada lluvia.

Prima, veo que no le gustó mucho el cuento; pero que le vamos hacer, usted dice que la mujer no merece un trato de esos. Ajá, ¿y si no puede dar hijos, entonces usted que sugiere? No le ponga mucho sentimentalismo, más bien tómelo por el lado por donde a los campesinos le agrada que les hablen, con franqueza; no importa que les digan que los están engañando: ¡Les agrada saber que los engañan para salvar su responsabilidad! Y es que usted a veces asume unas posturas tan…mejor dicho que me deja desvanecido.

MINGA, LA CAUTIVA Y VENGATIVA HERMANA

Por el derecho a la vida, al respeto que toda mujer se merece, y a la libre expresión, Prima, entonces me pronuncio para dejar constancia de lo sucedido una vez en el mismo terruño donde han sucedido todos estos casos que le he contado, cuando Gloria Inés Valencia –llamada afectivamente Minga–, rechazó a su manera el cruel trato que le daban sus tres hermanos: Pablo el carnicero; Pedro el carcelero, y Álvaro Benito el citador del juzgado único penal. Ella, de treinta, y sus hermanos dos años mayor cada uno del otro en el orden descrito terminando con la única, o sea la benjamina, si es que se les puede decir también a las mujeres cuando son las ultimas en nacer en un hogar. Desde muy pequeña, por iniciativa del machismo de la madre, Gloria Inés fue enseñada a atender como sirvienta de sus hermanos; sí como sirvienta, porque nunca le pidieron un favor con cariño, siempre fue triste para ella el escuchar: “Minga, tráeme agua”, “Minga, sírveme”, “mis medias, Minga”, “échame fresco”, “ábreme, Gloria”. Pero eso no era nada; no le permitían tener amigos, mucho menos noviecito cuando era niña, ni macho de compañía cuando el despertar de su sexualidad se lo exigía y él y ella lo demandaban en lo más íntimo de sus seres. Pero como eran jóvenes pobres, indígenas los pretendientes, les declaraban la guerra los crueles hermanos de Gloria Inés Valencia. Crueldad que aumentó al morir la madre; sin ninguna oportunidad de resarcir a la victima, sin tener la más mínima esperanza de una vida mejor, como si pudiera llegarle el bienestar por arte de magia, y no por su esfuerzo, sin darle oportunidad a la reflexión y lograr una vida plausible. Cuando todo el mundo esperaba una reacción de ella, en el pueblo, veían una resignada mujer mal vestida llevando el mercado, cortando leña, moliendo caña, barriendo el patio, remendando calzoncillos, y lo más grave de todas las afrentas: las muendas que le daba Pablo, los cocotazos de Pedro, y las patadas de Alvaro Benito. Hasta que se convirtió en algo normal ver tanta humillación; como se acostumbraron los conquistadores al asesinar a los pueblos indígenas, porque ellos dizque se oponían al desarrollo económico, que no tenían alma, y que eran terroristas.
No se entendía, entonces, por qué, Gloria, de un momento a otro, mostró una preocupación por prepararles los alimentos a los hermanos. Pero con una conducta diferente y contraria para la seguridad alimentaria de la casa que ella llevaba; en el sentido, de que avisaba que iba a darles sopa de coroncoro, y les servía yuca con suero y carne molida. Les decía que les iba a dar mote de ñame, y les daba mazamorra de maíz verde; “¿Quieren, higadete al almuerzo?” Y les daba sancocho de bagre. Fritaba chicharrones, y cuando llegaban a la mesa, no había cerdo por ninguna parte. Y así, en los tres golpes alimentarios, los hermanos Valencia se preparaban mentalmente por un sabor y a la hora de comer se encontraban con una versión contraria al ofrecimiento. Pero Gloria, sin inmutarse, mostraba su pesar ante los reclamos, pero siempre una excusa que la tenían que aceptar, porque no le dieron nunca mucha importancia sus hermanos.
Su propósito, para Gloria, se volvió en una obsesión: cambiar de menú a última hora. Y llegó a dominar de tal manera el trastrueque, que se volvió normal cambiar las ollas de comida con las vecinas, cuando el intercambio de la sustancia cocinada era valorado de igual a igual. Les mataba pato, y esparcía las plumas por toda la casa; pero al plato llegaba un guiso de iguana. Hacía dulce de leche, y cuando le preguntaban porqué no lo servía, contestaba haciéndose la loca: “Aquí no se ha cocinado dulce de leche”, y era que hacía “cortados” para venderlos en las tiendas y con ese dinero tener para comprarse sus cosas femeninas. A los años, de estar en esa régimen alimenticio los Valencia, sintieron que su estomago ya se quejaba; pero ninguno se le ocurrió pensar que el grado de insatisfacción gástrica y el engaño, les estaba afectando la autonomía alternativa de prepararse a comer lo que su gusto así lo quería disfrutar. Una mañana de octubre, el cielo estaba encapotado. Gloria esperó a sus hermanos a la hora del almuerzo con un olor de guiso de la cebolla y tomate, achote, ajo y aceite de ajonjolí, más sin embargo otra vez; repitió el cambio brusco: pretendió hacerles ver que había bistec, y a cambio les dio empanadas de maiz cariaco rellenas de maicena cruda y cebolla blanca, y de plato fuerte, peto caliente, abundante. A la media hora, sus hermanos empezaron a sufrir cólicos estomacales. El vientre se le infló, tanto, que se podía casi ver los órganos. El médico Peña, no pudo hacer nada diferente a ordenar lavado; pero no hubo necesidad, los estómagos de los tres explotaron con una hora exacta de intervalo. El fermento alimenticio penetró en los pulmones y con treguas de una hora cada uno, fallecieron. Intentaron culparla, pero no había una contundente prueba de intoxicación; al contrario, se registró un viento de alivio en toda la región de influencia, porque era la primera vez que hubo un acuerdo moral de reflexión para superar el maltrato y violencia a las mujeres.
Gracias, por no interrumpirme, prima.

GABRIEL ESCOBAR BALLESTAS

GABRIEL ESCOBAR BALLESTAS

Prima, usted me va perdonar; pero no puedo dejar de mencionar una figura muy significativa para mí como lo fue Gabriel Escobar Ballestas.
Si usted alguna vez regresa a Plato, o se encuentra con un plateño, indague por un colegio oficial que lleva su nombre, y la respuesta es que sí, que sí existe. Empero, de ese personaje se sabe muy poco. Y es bueno que la gente de la Republica del Caribe se entere de esos motivos públicos con sus figuras insignes que enaltecen el terruño, y digo la República, porque la historia para que tenga algún efecto como factor de progreso debe ser vista a nivel regional, ya que entre más alcance se tenga en la información, mayor su beneficio. Y así el sentido de pertenencia nos ha de llevar con toda seguridad, unido al recuerdo de lo gozado y sufrido, a un nivel superior.
El único colegio que había cuando Gabriel inició sus estudios de bachillerato, se llamó: “La Segunda Enseñanza de Plato”. Me contaba su profesor Enrique Bustos que, mi tío Gabriel y padrino de bautismo católico, -porque a mi me bautizaron sin mi consentimiento- era un estudiante supremamente inquieto y que además de rendir académicamente, jugaba con su intelecto impaciente. Una mañana, se formó un conato de pelea en el patio de recreo del colegio. El profesor Bustos intervino. “ Qué está pasando aquí?” Y un estudiante muy agitado e indignado contestó: “ Profe, lo que pasa es que Escobar creo que uno es idiota, o maco, dizque no son las diez de la mañana, que es de tarde, como si uno fuera maco, ¡Eche!” Entonces el profesor llamó aparte a su discípulo admirado para reprenderlo: “por qué te pones a inventarles esas cosas, Gabriel, ¿ha? “ Profe, para ver como se defienden, no se preocupe” Contestó con la risa característica de una burla heredada y llena de picardía. Todo lo quería saber. Todo le llamaba la atención. Y como buen Escobar, ya tenía fama de inteligente. Además de la humildad, era un chico jovial, atractivo para las niñas, no tanto por lo de rubio, alto de ojos azules; no, su carisma era del agrado de todo el pueblo. Pero el terror de los profesores; en una ocasión, una señora fue a suplicarle a su mamá, que le dijera a su hijo que no le hiciera tantas preguntas a su esposo que era profesor de Gabriel: “Niña Angélica; lo tiene al borde de la locura a mi marido con tanta preguntadera. Usted sabe que aquí no hay más trabajo. Gracias al doctor Antonio que le consiguió esa chamba, ajá, y cómo se hace, tenemos que comer; yo le agradezco”. Es que no era para más, no todo el mundo le tiene paciencia a un niño preguntón.
Como el “benjamín” de la familia estuvo al amparo de sus hermanos, sobre todo del mayor, Alberto, quien le absolvía de buena gana todas sus dudas académicas y científicas, que de su mente inquieta brotaban como volcán en erupción las preguntas, hasta dormido.
Facilitó su desarrollo intelectual e investigativo, todo ese ambiente familiar, dice uno. No todo el mundo tiene un hermano inteligente y capaz de comprender el entorno y sobre todo, de ser consiente de la responsabilidad de guiar a los menores. Gabriel tuvo esa fortuna inconmensurable. Anote, Prima. El infortunio golpeo de lleno a Gabriel: su padre Godofredo había quedado arruinado por la política, y usted sabe: la bebedera y la mala economía. Lo poco que se lograba en la amarrada riqueza del pueblo se utilizaba para sostener a sus hermanos mayores en las universidades lejanas. Pues la prosperidad había que echarla al “cara o sello”, o se les da estudio y nos quedamos sin nada; o lo contrario viceversa. La maldita hacienda que no se sabía manejar a falta de un desarrollo económico, no permitía la reinversión, ni mucho menos colocar los dineros de las ganancias en fondos de inversión, en la Bolsa de Valores. ¡Como se les ocurre! ¿Para que nos tumben?, y la solidez económica estaba sustentada en tener tierras y ganado. Entonces Gabriel no pudo salir a estudiar a fuera, le tocó quedarse en la “Segunda” que apenas tenía hasta segundo de bachillerato, aunque no era nada, sí era un logro significativo para los pobres ribereños y playoneros. De una mañana a otra, mandan a mi tío a una escuela agropecuaria en Pueblo Bello, en las estribaciones de la Sierra Nevada del lado de Valledupar para que estudie agricultura rudimentaria, como cualquier campesino adelantado. Resignado, hizo dos años. Afortunadamente para él, fue rescatado y enviado a estudiar el quinto de bachillerato al famoso Liceo Celedón de Santa Marta. Y como era de esperarse, se distinguió desde el primer día de clases como el mejor alumno. Al año siguiente, mi padre se lo llevó para Manizales y lo matriculó en el colegio nacional de bachillerato, -Ale ya era veterinario y ya estaba casado con Rosa Helena Gómez Rendón, hija de Luís Eduardo y Eva- y se distinguió el tío Gabriel como el mejor alumno desde el segundo día de clases -mientras se adaptaba a las circunstancias en una tierra completamente desconocida-; y para que vea, Prima, lo que es el liderazgo, el reconocimiento y la actitud mental positiva de este muchacho: fue elegido para representar a Caldas en un congreso de juventudes conservadoras que se realizó ese año de 1947 en Bogotá. Al año siguiente, ya bachiller de honor, se matricula en la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional en la fría ciudad de la changua caliente, Bogotá. Gracias a que su otro hermano, Germán, ya vivía en esa ciudad; pero en medio de muchas vicisitudes económicas. Contaba mi tía Fabiola, esposa de Germán, que no le podían dar más de los diez centavos para que se fuera en el tranvía; jamás tuvo para el tinto, ni mucho menos llevar a una niña al cine. Pero esa dedicación al estudio es ejemplar. Se metió de lleno, con una voluntad férrea, a la disciplina académica que tan sólo se ve en los que progresan. Una Noche la tía Fabiola lo encontró llorando en su pieza: “Que le pasa, mijo” y entre sollozos de vergüenza intelectual confesó la causa del dolor: “Es que temo no poder salir adelante en los estudios” Y la tía política antioqueña supo, afortunadamente, darle el apoyo mental: “Usted si puede. A todos sus hermanos le ha tocado pasar sacrificios, dicen que Alejandro pasó muchos trabajos, y vea, ya está ganando”. Al año siguiente era un estudiante connotado ganándose el aprecio del decano de la Universidad Nacional. Primera vez que un estudiante de los primeros años entraba y salía de la decanatura como si fuera un profesor. Y así terminó su carrera con un promedio en las calificaciones de 4.22, sobre cinco; esfuerzo que le fue reconocido con un premio especial en dinero, dicen mi tía Mercedes que de la Fundación Alejandro Ángel Escobar, de Medellín, a la que recurrí en una ocasión para averiguar, y me dijeron que no sabía nada de esa distinción. Bueno, ya profesional, no consultó el padrino con sus hermanos lo que haría de su vida; y con justa razón: bastante adulto estaba como para pedir conceptos; sobre todo lo esperaba Alberto, quien también era médico de la Universidad de Cartagena.
Dio el menor de los Escobar Ballestas el próximo paso trascendental en su vida, y se metió al ejército en un batallón de profesionales en Bogotá. Cuando lo vieron con el uniforme, estaba de Director del hospital de Arbeláez, en Cundinamarca. Y un día, el entonces presidente de la República de Colombia: Gustavo Rojas, de Boyacá, su persona, llamó al decano de la Facultad de Medicina para que le recomendara un facultativo joven para que fuera su médico de cabecera, o su edecán de la salud. Y la respuesta inmediata desconcertó al dictador: “usted lo tiene más cerca que yo: Gabriel Escobar Ballestas ha sido el mejor estudiante que he tenido yo como decano; acaba de ingresar al ejercito como profesional” Y la suerte hizo un giro un poco brusco en la vida del médico, pero recompensado por la consagración, que no es suerte, pues para eso se preparó: y al ver la figura del teniente médico de sanidad, quedó de una vez como el médico del jefe del Estado. Mejor no le podía ir. Tenía entonces 26 años de edad y en uso de su soltería. Le faltaba no más la especialización, la que pensaba hacer en Houston Tx. Rojas le tomó mucho cariño, y sus dotes de manejo de gente decente, su áurea agradable, un atractivo nórdico con sus vistas inteligentes, buena conversación le sirvieron para moverse con soltura en el poder, no para usufructuarlo indebidamente; pero sí podía ayudar a sus paisanos y parientes, ayudaba.
En el mes de febrero de 1957, viaja Rojas a la ciudad de Santa Marta, y con sobrada razón lo acompañó su médico, el teniente Escobar. En ésta ciudad vivía su querida madre, y sus hermanos Alberto, Alejandro, y Lula. Recuerdo ver a mi padrino sentado en un mecedor con un trago de “güisqui” en la mano, su pistola en la axila, su corte militar, sentado frente a su hermano médico, Alberto. Conversaban en casa de éste. Pero lo que escuché me dejó perplejo. “Es que mi general me tiene aburrido; quiere que todos los fines de semana me vaya a jugar ajedrez con él a Melgar” Y agregaba: “Yo lo que quiero es irme pronto a especializar”. No podía yo entender que fuera motivo de fastidio andar con el presidente de una nación; claro: lo fue de manera para nada democrática. Después que fuera leal al régimen centralista, se aceptaba de entrada; y al final; se le buscó su salida: al dictador que rompió con la civilidad en el poder más antigua de Latinoamérica.

En ese viaje regresó el edecán de la salud a su sede del Palacio de San Carlos en compañía de su mamá; se la llevó para tenerla mejor en la capital.
A fines del mes de marzo siguiente, el avión presidencial estaba en Montería con el presidente y su comitiva. Era una avioneta grande, y la tripulación necesitó ir a Barranquilla por unos repuestos; oportunidad que aprovechó el edecán médico para que lo dejaran de paso en Plato y en donde lo debían recoger al regreso del mismo día. Como en efecto se cumplió el plan de vuelo. Regresaba así, triunfante, como ningún otro lo había hecho en toda la historia de Plato. El sueño de todo el que se va joven a explorar un mundo desconocido; y desde luego partiendo de una tierra seca que no da muchas oportunidades de progreso; y llegar triunfante gracias al esfuerzo intelectual, era una proeza que llena de orgullo a cualquiera en cualquier parte del globo. La familia no hizo nada para llevarlo a la diestra del todopoderoso militar. Ni se enteraron sus hermanos. Hacía más de diez años que había salido de su pueblo natal. Y el júbilo al verlo llegar en el avión presidencial a uno de sus mejores hijos fue apoteósico, el pueblo se volcó a las calles polvorientas y la noticia se derramó delirante; todos lo querían saludar. Se alegraban hasta los que nunca en su vida lo habían visto. Fue de casa en casa de sus familiares, de sus amigos, de sus vecinos. Cuando pasaron por frente a la casa de la profesora Maria Cote, la comitiva se detuvo, y ella salió hasta la mitad de la calle con un vaso de jugo y con inmenso cariño le dijo a su vecino que vio crecer: “Mira Gabrie, el jugo de guayaba agria, que tanto te gusta” Se lo tomó con ganas, y comentó. “Tía, esto no se ve por allá, gracias, siempre me acuerdo de usted.” Al tiempo que visitaba recibía invitaciones; pero él explicaba que no podía demorar más. “Yo mejor vengo el domingo, yo le presto el avión a mi general y me paso el día con ustedes, por favor no insistan” Y el militar con sus gafas oscuras, sus botas media caña, continuaba con su jovialidad, a todos saludaba con cariño. Hasta que llegó la hora de regresar a Montería. El avión sobrevoló el pueblo en señal avizora y de inmediato fue al campo de aterrizaje que estaba entonces en la periferia de la zona urbana. Se elevó nuevamente la nave, y el pueblo íntegro quedó comentando y repitiendo todos los pasos que dio su paisano que estaba a la diestra del hombre más poderoso de la nación, incluso, el único que le podía tocar las nalgas. Otros lamentando no haberlo visto: “Yo si vi el aparato ese revoloteando por encima de los techos de las casas; pero qué me iba imaginar que era Gabrie; de haberlo sabido, ¡No joda! Me vengo volando, si yo no mas estaba en la Loma del Golero cerrando un negocio. ¡Hombe, que vaina!, pero el domingo lo veré” Le decían Gabrie. Si, le decían Gabrie a mi padrino.
Ese domingo, el del retorno, en Plato era de fiesta. El sitio social público selecto era la “Repostería la Rosa”, lugar de reunión de los notables. Y precisamente ese día tendría mayor importancia porque su dueño, Don Cesar Alfaro, hermano de padre de mi tía Maria Alfaro y ella hermana de madre de mi abuelo Godofredo, lo esperaba para un suculento sancocho de las tres carnes. Ya se puede imaginar, Prima, la llenura de ese negocio a las primeras horas de la mañana del 2 de abril. Pero para que vea como se manejaba la suerte económica del departamento, primacha; a ese establecimiento llegó, a esa hora, un empleado del gobierno departamental en comisión con el objeto de realizar un censo agropecuario en el municipio de Plato. El samario funcionario en vez de ir de finca en finca, resolvió tomar los datos en la Repostería. Fue hasta donde don César, se identificó, le pidió el flojo favor y empezó el interrogatorio.
– ¬¿Don César, cuantas cabezas de bovinos cree usted que hay en Plato?
– Déjeme decirle, aquí lo que hay ganao, pero lo que pasa es que nadie le va decir cuanto ganado tiene. Usted sabe, la gente se cuida.
– Si, yo comprendo, pero ajá, cómo se hace, es un calculo aproximado.
Don Cesar al verse en tremendo compromiso, no tuvo más alternativa que asesorarse de sus clientes amigos que estaban con las orejas paradas. Uno dijo: “¡Eso nunca se sabrá” y agregó don Cesar:
– ¬No se pueden contar una a una, y si se empieza por acá, cuando lleguen a San Angel, ya habrán nacido quien sabe cuantos terneros por acá.
Después de una ligera discusión, se llegó al consenso: en Plato hay como sesenta mil cabezas de bovinos.
– ¿Y cuantos caballares?, -dijo el funcionario.
– Antes que vinieran los gitanos, ¡aquí sí había caballos! –comentó Horacio Saumet Peña.
– Verdad que sí, esos gitanos compraron bestias a montones.
– En Valledupar hay doce mil. –dijo e l funcionario.
– Deje de comparaciones, amigo, que una cosa son ellos y otras nosotros; semos diferentes en todo, más bien póngale un caballo a cada diez cabezas, y ahí van también las mulas.
– Esta bien, digamos que seis mil caballares, -anotó y preguntó después- ¿y burrales?
Todos soltaron la carcajada franca y burlesca cual rebuzno. Y Juancho Arrásola intervino.
– ¿ Para qué quiere el gobierno saber cuántas burras y burros hay?. Por aquí nadie sabe si quiera cuántas reces tiene; sabe el que tiene menos de quinienta vacas, pero para San Angel y el Difícil, si en los playones hay ganado cimarrón, caballos, mulas, burros, que yo creo que lo mejor es que ponga: “bastantes”. Y bueno si es agropecuaria su indagación, falta saber cuantos tigres hay, porque potrero sin tigre, no es potrero. –Todos se sacudieron de la risa. Otro dijo,– ¡Y morrocoyos qué!

¬El domingo mismo, en Montería, el 2 de abril de 1957, el piloto titular le cedió el timón al copiloto: un joven antioqueño, y partió nuevamente la nave número uno de la Fuerza Aérea rumbo a la población de Plato, tal como quedó hablado y programado. La ruta era salir en dirección al oriente hasta interceptar el río Magdalena, y luego girar hacia el norte por todo el lecho hasta la tierra que lo vio nacer. Cuando estaba frente a Pinto, seguro se asomó el padrino para ver mejor los playones en donde había pasado parte de su niñez. Faltando tres minutos para hacer contacto en la pista, ya el “brichi crafc” echaba humo por la cola y volaba a poca altura. Trató de elevarse, y fue peor; la nave chocó contra las aguas del río y se sumergió rápidamente. Ya se puede imaginar Prima linda, el desarrollo de los acontecimientos de angustia y dolor de todo un pueblo y sus alrededores. No quedó ningún rastro, el río se los tragó con todo y humo. Al día siguiente encontraron primero la cabeza del piloto, luego el cuerpo más abajo de la población de Real del Obispo; pero el cuerpo del buen estudiante no aparecía por ninguna parte. Un equipo de buzos y una draga llegaron al lugar del siniestro, y a los tres días suspendieron el operativo de búsqueda. Hasta que la acción valiente de Elías el pescador del barrio Culebra quien, de manera voluntaria y osada, se hizo amarrar por la cintura y se tiró en medio del río desde la draga. Al tercer intento, subió a la superficie por estribor y después de tomar aire, dio parte: “Aquí está, de este lado” Y fue cierto, la draga metió el brazo hacia ese lado de las aguas e hizo contacto con el fuselaje. Al moverlo, saltó el cadáver de mi tío rumbo a Barranquilla. Ya se puede imaginar niña, un cadáver de más de tres días en el agua. El pantalón estaba arremangado del lado derecho hasta la rodilla, y le faltaba la bota de ese mismo pie, y se supuso, que estaba preparándose para lanzarse al agua y que el copiloto buscaba acuatizar de emergencia.
La reunión en la repostería se disolvió con la noticia. El pueblo entró en un duelo que duró varios años recordando la figura de la promesa perdida, ahogada, como se pierde una ilusión amorosa o como se difuma la esperanza de ser libres.
Doce años después, me correspondió sacar sus restos óseos del Cementerio Central de Bogotá, y al verlos, se apreciaba un golpe en la base del cráneo y una fractura en la mano derecha. Pasaron los años y logré leer su hoja de vida en el Archivo del Ejército donde estaba el informe por medio del cual le negaban la salida a especializarse por necesidad del servicio, y también estaba el acta de la autopsia: murió por inmersión. Al parecer, la mano le quedó atrapada con la puerta al hacer contacto con las aguas turbias. Para honrar su memoria, el colegio de Plato fue rebautizado con el nombre de: Colegio Nacional Gabriel Escobar Ballestas, como homenaje a un buen estudiante que murió a los 28 años cuando apenas empezaba su carrera por la vida. Prima, es que la muerte de los jóvenes duele, y si es un prospecto promisorio, y además una persona agradable e inteligente ya se puede imaginar la pena. Su madre, Angélica Ballestas, tan pronto se enteró de la tragedia se arrodilló a pedir la muerte también. “Señor, llévame al lado de mi hijo. Virgen de la Concepción: llévame al lado de mi hijo”. Murió al otro día de saberlo: el 9 de abril.

EL AHOGADO EN EL RIO MAGDALENA

EL AHOGADO EN EL RIO MAGDALENA
En los años finales del siglo diecinueve vivía mi tatarabuelo Francisco Javier Escobar Gómez en la población de Plato. Este antioqueño prócer de la Independencia, se casó en Tenerife con Carmen Ordóñez y el matrimonio fijó residencia en Plato, en donde unidos con su compadre Romualdo Ballestas por el sacramento del bautismo y la compañía comercial, hicieron fortuna económica y levantaron una descendencia de ilustres personajes alimentados con cucayo al desayuno: el secreto para la buena memoria. Francisco era un bohemio extrovertido, y como Plato era una simple villa de apenas cuatro mil habitantes en el casco urbano, los negocios de diversión no llenaban las expectativas a los riquitos del pueblo, falla esta que los obligaba a embarcarse en los vapores que surcaban el río grande de la Magdalena en los cuales había orquesta, mujeres, buena comida, juegos de mesa, baños, y por supuesto dormitorios angeados, sumándole el provecho de hacer negocios en cada puerto, bien sea río arriba o río abajo, fiado o al contado, y un recheche cada mes se lo merecían ¿O, no?
Un día de esos ayeres viejos, se embarcaron en Zambrano, el pueblo que está frente a Plato subiendo por la albarrada opuesta: Romualdo Ballestas García, Aniceto Alfaro, Francisco de Paula del Toro y Escobar Gómez. El vapor se llamaba “Condenación” de la compañía Stevenson&Tono con sede en Cartagena. Abordo, después de saludar a los amigos pasajeros, pidieron espacio los plateños para jugar un dominó y a las barajas. Se hicieron a estribor muy bien atendidos por cuatro damiselas, quienes pasaban las copas llenas de ron y amenizaban con sus risas la mesa cuadrada. En el centro de la nave una orquesta pequeña alegraba el tedio fluvial y caluroso con mazurcas y pasillos. En las orillas, los caimanes e icoteas tomaban el sol como si fueran turistas en playa de mar. Las garzas, chavarries, el águila arpía, los barraquetes y demás aves de la fauna silvestre, revoloteaban por doquier. Al pasar por las pequeñas aldeas, la bola de humo sobre las aguas corrientes con el ruido del chapuzón de las paletas, saludaba a las gentes con su pito, y quienes con entusiasmo para que el barco se acercara y les comprara la leña, contestaban entusiasmados a los lejos al lado de arrumes muy bien adujados, acompañados los adultos de un perro flaco y un niño barrigón. El resto del paisaje es la espesura de la vegetación y los remolinos del agua turbia coronada con las tarullas y palos viejos rumbo a un mar que los espera para reenviarlos a las playas de amor y arena blanca del mar de las angustias. De pronto, el sábalo salta, y por allá, en la otra orilla, la canoa del mulato mira humillada el poderío de un aparato cuyo pito retumba en la montaña mientras navega imponente. Es el reemplazo de los champanes coloniales. Escobar y Ballestas, contra Del Toro y Alfaro; éstos últimos perdían en el dominó cruzado a la hora de interrumpir para el almuerzo: mote de ñame con queso amasado; jugo de corozo, bagre, patacón, boronía a la tenderete y mucho arroz acompañado de suero espeso. Después del almuerzo siguieron jugando de corrido hasta que llegó la noche. Escobar se levantó de la mesa para ir al baño. Como no regresó, y al saber sus compañeros del tour fluvial que ya estaba bastante alicorado, supusieron que ya se había metido en su camarote a dormir, pues era esa su costumbre cuando ya no podía con su cuerpo y su mente confusa, difusa la vista, y el andar a la deriva esquivando los puntales que sostienen la cubierta que se ven venir.
Al otro día, Alfaro, Ballestas y Del Toro, estaban en cubierta tomado café cerrero y preparando la mesa de juego esperando a Escobar. Como éste no salía, tocaron en su camarote, y no hubo conocimiento de vida. Preocupados, llamaron al capitán, quien recibió parte pormenorizada de las circunstancias y éste, sin vacilar en su mando al no recibir respuesta a su llamado, ordenó:
– ¡Marinero Juancho: puerta abajo!– gritó militarmente ante la concurrencia que lo admiraba.
En el interior encontraron una cama aún tendida y desentendida, encima unas alforjas y un sombrero concha de jobo abandonado a su suerte y ningún rastro del pasajero Escobar. Inmediatamente otro grito se escuchó en cubierta:
– ¡Hombre al agua!
Todos los pasajeros corrieron a la borda a mirar. Los comentarios y conjeturas pasaban de la popa a la proa enredándose en la línea de crujía importada desde Alemania, la cual le daba más potencia y drama a la magia del Caribe en formación. Dos sombreros femeninos cayeron al agua y después de cotejar los hechos, como la embriaguez, la hora que lo vieron por última vez, y la caimanera en la boca de los caños; la conclusión del mando fue concluyente: “Escobar desapareció” Pues no podía estar con vida, y de inmediato, en el primer correo que debía pasar hacia Plato y con el que se tropezaron a las dos horas de constatada la desaparición, se envió el mensaje a sus familiares, como quedó registrado en la bitácora de abordo copia del correo: “ El pasajero Escobar Gómez Francisco Javier, natural de Plato Magdalena, desapareció en la noche del día de ayer en las aguas del río, probablemente a la altura del puerto de La Gloria. Lamentamos doloroso suceso. Preparen velorio. José Belarmino Matalaspulgas, capitán del vapor Condenación, octubre 5 de 1871”
En Plato, Carmen Ordóñez Gómez la esposa de Francisco Javier, tan pronto se enteró de la mala noticia, se encerró a rezar por su alma. Y su hermano, el presbítero Manuel Julián Ordóñez Gómez, quien no se la llevaba bien con el cuñado, inició los preparativos del velorio. La desavenencia se originó entre ellos porque, el cura, era un místico conservador de extremadas y recalcitrantes posturas apologéticas; contrario al radicalismo anticlerical de Francisco; pero al final, el que salió ganando fue el reverendo: ¡Todos los hijos de Escobar resultaron contemplativos conservadores!. Ya se pueden por consiguiente imaginar, la alegría de la sotana preparando el altar en la sala de la solariega casa Escobalera, la primera que se construía con material de ladrillo cocido en la Villa de Plato, la que obtuvo ese título por disposición oficial de Simón Bolívar en 1823.
No obstante las conclusiones que llevaron a asegurar que era cadáver aguas abajo, o alimento de los saurios Francisco, por ir el “General Santander” navegando cerca de la orilla y frente a la casa de un pescador, fue visto caer al agua. Chapolo Mejía, se llamaba el hombre que se percató. Chapolo tan pronto vio sumergirse al que se cayó, dijo él muchas veces, que corrió unos veinte metros por el barranco, hacía abajo, seguido de sus perros cazadores y se lanzó a esperar a quien fuera. La suerte de Escobar de quedar enredado en unas raíces de un frondoso Santa Cruz, más la presencia de los perros, lo salvó. No alcanzó ni a tragar agua para pasar los tragos en exceso que había tomado hasta ese momento trágico de su vida. Pero si aprovechó para descargar la vejiga en el agua fresca, como había sido ese su propósito cuando se dirigió a la borda en vez de llegar hasta el orinal de los hombres. Ubicado por los perros, Escobar, Pocholo pudo sacarlo con facilidad del agua, vivo; y menos borracho que cuando cayó.
Ya en tierra firme, empapado y sin el menor asomo de haber tomado, excepto el tufo del ron, sacó de su bolsillo dos morrocotas de oro.
– Esta para usted, y esta para que compre un bulto de ron o lo que alcance.
– Sí, patrón. Esto hay que festejarlo.
– No se demore, que tengo frío.
– Ya le damos mientras tanto un café, espero no más mientras se quita esa ropa mojada –le dijo la compañera de Chapolo y agregó – ¿don qué?
– ¡Escobar!. –Dijo orgulloso y agregó, –si no es por su compañero, ya estuviera muerto, estoy muy agradecido con ustedes. Prepárese, yo me los llevo para que me sirvan en mis negocios allá en Plato.
Mientras tanto, Alfaro, Del Toro, y Ballestas, al llegar al primer puerto que seguía al recorrido hasta La Dorada, desembarcaron en espera de otro vapor que los regresara a Plato; donde se rezaba en memoria del difunto Escobar.
En el improvisado altar, pero muy florido y solemne quemando bija, el sacerdote de la familia dirigía los rezos para que Escobar, el déspota radical, se quemara en las calderas de los infiernos. Tras de él, su hermana viuda, la inconsolable Carmen Ordóñez de rodillas en un reclinatorio, sola, indicando que no había otra persona en la vida de Francisco que mereciera estar más cerca del oratorio fúnebre. Sus hijos: Francisco Celestino, Manuel Julián, Eufemia, Gabriel, Antonio María, y Jeremías detrás de ella, reclinados, lloraban a su padre en postura de recogimiento propio de los intelectuales estudiados en la capital y en Mompox. La siguiente fila la componían sus hijos naturales, muy niños: Oscar, Esther, y Roberto. Cuando llegó Romualdo Ballestas, el padrino de todos los hijos de Francisco y Carmen, se hizo a un lado, pero sentado en un taburete de caracolí con descansabrazos, ancho de asiento y de espaldar alto. Luego seguían los familiares más cercanos, respetando el protocolo ribereño. A los que no eran de las familias distinguidas, no se les permitía estar en la sala de oración, para ellos había unas bancas en el patio, donde se les brindaba café, panela, y arepuelas zarateñas rellenas de miel de canato. Pero siempre, traficaba una botella de ron furtivo por entre los parroquianos, y el olor a tabaco espantaba otros olores de anquilosada presencia en el ambiente, los cuales no se describen por respeto al difunto que en paz descanse.
Chapolo llegó a su casa ya casi de madrugada con dos bultos de ron de caña y un calabazo de “chirrinchi” y acompañado de sus vecinos y parientes. Ya Escobar dormía acostado en una hamaca; pero se despertó brindando por la vida. Lo cogió el medio día siguiente mamando ron, y en la misma hamaca roncó la pea. El golpe de tambor lo despertó en la hora de la oración contemplando entusiasmado un baile de hombres y mujeres portando mechones encendidos alrededor de su hamaca al son de la flauta de millo y las palmas alegres y callosas del trabajo del campo y del río, de la paciencia y el infortunio; ahora, un salvado de las aguas les traía una nueva oportunidad de vivir mejor, empezando con una parranda como nunca la habían tenido.
Ya para las nueve noches de rezo, como se ha establecido quien sabe desde cuando en Plato y en todas partes del mundo de los ritos católicos, los preparativos en la cocina de la casa Escobalera ocupaban a más de veinte personas. De las fincas lejanas llegaban amigos y parientes con su cumplido: dígase un puerco, gallinas, bollos, casabe, panela, yuca, huevos o pescado salado, y el popular y abundante queso amasado, más los calabazos de suero. Varios fogones al mismo tiempo recibían la leña seca y el soplo de rigor para oxigenar la olla del peto, el caldero de los chicharrones, la caldereta del café. Otros pelaban las yucas, preparaban la chicha de corozo, mientras en la sala los cánticos lúgubres del reverendo Ordóñez indicaban que al otro día empezaba una nueva vida en la casa del próspero comerciante fallecido. En la cual el cura llevaría las riendas además de la camándula, dado el sumo respeto de sus sobrinos hacia el tutor que les había mostrado el camino de la redención.
Cuando Francisco se disponía partir después de tres días de jarana en la casa de Polocho, una comisión de notables de los alrededores lo visitó demorando su partida para su casa, en Plato. Pues era Francisco una figura notable en el Bajo Magdalena.
Y así por entre las tiendas, de pueblo en pueblo, contando el mismo cuento, Polocho con su familia acompañaron a su nuevo patrón hasta el Caño de Plato. Al que llegaron en dos canoas a los nueve días de haberlo rescatado de las aguas turbulentas y traicioneras del Magdalena. Ya estaba anocheciendo, y todo el pueblo estaba en la puerta de su casa para acompañar a la familia prestante, y de paso, hacer parte del acontecimiento social que más mueve a los parroquianos: el velorio. En diferentes partes del patio y de la calle se hacen los narradores de cuentos y leyendas. Las historias de amor sacado, del Hojarasquìn del Campo, La Botellita Encantada, La Mujer del Peñón, El Pescador del otro mundo, El Mohán y otras del mundo de los misterios del cero conocimiento y el monte espeso, pero todas ellas relativamente nuevas y prestadas, pues las leyendas ancestrales de los negros y de los indígenas estaban prohibidas por el cura Ordóñez, hasta que se olvidaron completamente por haberse perdido la tradición oral de manera bruta. Mi tatarabuelo, dice nuestra tradición familiar, que esa noche de su regreso, ordenó esperar un poco para llegar hasta su casa hasta que oscureciera completamente. Escondido entre las sombras se fue acercando por el patio de atrás. Dicen que su perro al que bautizó “godo”, lo olfateó y salió a su encuentro; dicen también que solía decir cuando estaba borracho: “En esta casa el único godo es el perro, ¡carajo!”
Ya detectado por su mejor amigo, no tuvo más remedio que salir con los brazos en alto gritando como una anima en pena.
– ¡HOOOOOOO!!!!!!– gritó mientras corría por entre el corral de las gallinas y la pesebrebrera, la que estaba llena de mulares y caballares, pues a los burros los soltaban a las plazoletas a pastar libremente.
Ya se pueden imaginar la algarabía: ladridos, relinchos, gallinas asustadas, y sobre todo el grito de terror de las mujeres de la cocina:
– ¡Nos salió don Pacho, nos salió don Pacho!
En el patio no quedó nadie en pie. La última en salir fue doña María Torres quien cayó sentada en el caldero de los chicharrones y al ver que don Pacho la fue a ayudar, se desmayó.
Cuando mamá Carmen, la tatarabuela, escuchó la algarabía y el correr desbocado de la gente hacia la calle presas del pánico, no dudó en decir: “ Esas son cosas de Pacho” y de inmediato se desbarató la moña frente a un espejo. Francisco la encontró peinándose como si nada hubiese pasado.
– Ve a bañarte, que hueles a mico –le dijo mirándolo por el espejo¬¬.
– ¡Ave María mija¡, ¿no te alegrás de verme, cariño?
– ¡Ay, Pacho!, si no es la primera vez que te pierdes…y si supieras lo que he llorado no estuvieras con tantas payasadas y fartedades. Mira, no ha quedado nadie por aquí.
– Está bien, encárgate del baño que vengo cansado y quiero estar contigo para contarte…

Al padre Ordóñez lo sacaron embolsado debajo de la cama de la casa de la señora María Cotes y salió para Santa Marta al otro día de madrugada, pero murió en Plato el 6 de mayo de 1886. Y al poco rato empezó en la casa Escobalera una parranda que duró tres días con sus amanecidas; y dicen que por castigo del cura, una plaga de langostas acabó con todas las sementeras de la región de Plato, y en sus playones hubo hambre y penalidades. Pero eso sí, nunca falto del ron.

TRIBUTO DE AMISTAD

TRIBUTO DE AMISTAD
Encontré en la Biblioteca Nacional la presente nota publicada en una revista de Juan Pinto Núñez, de Santa Marta. La que nos muestra el nivel intelectual de los hermanos de mi bisabuelo y su muestra de gratitud ante la desaparición de una señora allegada a sus aprecios. Es el escrito más antiguo que se conoce de los descendientes de Francisco Javier Escobar Gómez, el primer Escobar que llegó a Plato, y sus hijos firman el fúnebre sentimiento. Faltan sus hijas mujeres: Rosita, que falleció cuando tenía cuatro años de edad, y Eufemia, que murió a edad avanzada en la ciudad de Samar. Tampoco firman los hermanos Escobar Fontalvo, Oscar y Esther.

TRIBUTO DE AMISTAD

"Cuando el dolor y la tristeza se presentan como misioneros de lo Alto, hay que recibirlos con resignación, para que ejerzan en el alma su acción purificadora y saludable.
La señora
ROMUALDA BALLESTAS
Fue siempre para nosotros mujer afable. Cultivó la verdadera amistad con delicadeza positiva y lealtad profunda. Supo obsequiar con solo su cariño, porque no tuvo bienes de fortuna. Con laudable celo conservó la gratitud en su corazón como en un cofre de oro.
La paciencia que mostraba en sus continuos sufrimientos físicos era ejemplar.
El pesar que nos ha causado su muerte, que recibimos como buena cristiana, guarda equidad con el apoyo cordial que por ella tuvimos todos los de nuestra familia; aprecio que jamás tuvo menguante, y que si llegó a tener variación fue para aumentarse y hacerse más sólido con el curso de los años.
Pocas amistades hemos tenido tan firmes como la de nuestra querida y fiel ROMUALDA, y por esto su muerte nos ha impuesto gran duelo, del cual queremos dar público testimonio en esta Sociedad.
¡El recuerdo de nuestra difunta amiga no se borrará jamás de nosotros!
Plato, Marzo de l893

Gabriel Escobar.-Antonio M. Escobar.-Manuel J. Escobar.-Jeremías Escobar"

Gabriel Escobar Ordóñez, quien murió célibe se dice que se encerraba varios días en su habitación y le pasaban la alimentación por debajo de la puerta, al parecer, a apaciguar su depresión o dedicado a la música y a la lectura. Una vez estuvo en Sabanalarga o Sabanagrade de juez, y se rumoraba que había dejado un hijo, pero esto nunca se ha podido rastrear. La partida de defunción dice que murió el 3 de octubre de 1918 de sesenta años de parálisis, en el centro de la población de Plato. Dice el texto; supone uno que de paro cardiaco.
Antonio María Escobar Ordóñez, el segundo que aparece firmando la nota de pésame, es el padre de mi tía Carmela y de mi tía Helena, él murió a la edad de 34 años.
Manuel Julián, es el padre de los Escobar Gamargo. La rama familiar con más descendencia.
Jeremías, es el menor, ya se ha dicho algo de él.

LOS AMIGOS TENERIFANOS

LOS AMIGOS TENERIFANOS
Así veían a la familia Escobar de Plato los amigos tenerifanos. Artículo publicado en el diario el Siglo de Bogotá. Por Rosendo Miranda Jr.:
‘Por una polvorienta carretera que, a partir de Fundación, quiebra en Bosconia y llega a Plato, salí de viaje la semana pasada en busca de un verdadero descanso entre familiares y viejos amigos que forjaron conmigo retozos de niñez y travesuras de infancia. De Plato a Tenerife hay que viajar ahora en “ Chalupas” porque la pasada creciente todo le destruyó. Entre esas cosas que desaparecieron está el viejo sendero que une a Plato y Tenerife, trillado por generaciones que, de una a otra población, íbamos y veníamos a las fiestas patronales de la Concepción y San Luis Beltrán. Godofredo Escobar, descendiente en línea en interrumpida de los más preciados varones de la región, y Virgilio Difilippo, un italo-momposino de parecida estampa a la de don Godofredo, eran los cantores de las misas solemnes de San Luís Beltrán en Tenerife, entre nubes de incienso oloroso y salpicadas de repiques de campana, que también han desaparecido, como el sendero de las querencias, en vórtice de la revolución religiosa de la nueva iglesia de Juan XXIII.
Con gran nostalgia se recuerdan esos fenecidos días porque había que ver ese momento litúrgico cuando el sacerdote venerable alzaba la Sagrada Forma en la consagración de la misa, cantada en puro gregoriano, ya que se gestaba la revolución clerical que ahora conmueve al mundo porque don Godofredo y Virgilio Difilippo cantaban en sordina al son del armonio y don Pepe Barros, otro plateño de la “Dulce Vita”, sacaba magia de su flauta a la que acurrucaba su boquita de arcángel y abrazaba con sus manos nerviosas y caballerosas. Eran tres místicos ante el altar de la divinidad.
Después de la misa, los tres mosqueteros de la amistad litúrgica, de la sombra casi cardenalicia, se trasladaba al mesón de Mocha Mejía, rasgaban guitarra y tiple, y la flauta encantada de Pepe Barros, entonaba viejas canciones. Trago y buen sancocho de bocachico, versos y la clásica juma en una hamaca hilada a mano, grande como de matrimonio, alrededor de la cual seguían trago los célebres contertulios. Ahora se me ocurre que aquello era como la danza ritual del borracho bueno.
Estos fueron, entre otros, los que formaron la generación de oro de la comarca de Plato, Tenerife. Hubo otros. Mimo Peña, ventrudo como un tonel, Luis Enrique Alfaro el más acentuado vate de las riveras magdalenenses; el monito Escobar, que si se le exprimían los sesos debía destilar inteligencia pura y física, porque era asombroso en el pensamiento; Manuel Ortega y Becerra, garafión y valiente; Pachin Paternostro y otros que no alcanzo en el recuerdo. Ya casi todos han sucumbido a la alegre existencia y solo se les recuerda como caballeros del ideal, que forjaron con su bohemio un trozo de la más exuberante existencia humana para deleite de una raza todavía primitiva y en agras.
Godofredo Escobar, don Godo, fue presea del decoro y de la inteligencia. Por eso fue exaltado a las altas posiciones en el gobierno del Magdalena: Diputado, prefecto, secretario de hacienda, entre otras. Casó en Plato con Angélica Ballestas, otro tronco fecundo, descendiente del hidalgo español Manuel José Ballestas que en el fuerte de San Sebastián de Tenerife fue el legatario del derecho de asilo en esa América Meridional. Debió ser varón justo y de connotada alcurnia y talento porque ostentó el privilegio de establecer la llamada Casa del Perdón en aquella entonces notable Villa sita a orillas del Magdalena. De la Unión de don Godofredo y Angélica Ballestas se desprendieron Alberto, notable médico higienista; Germán; abogado de la rama laboral; Alejandro (a) El Blanco Alejo, médico veterinario que carga en sus alforjas de viajero el alma campesina; Daniel, que sestea en Plato cultivando el fruto familiar; Carmen, Mercedes y Lula, esta última que en sus años juveniles derramó elegancia y un alud de admiradores frustrados.
Godofredo Escobar rindió su jornada vital en esta ciudad que pudo apreciar su prosapia en el buen vivir y en sus ademanes de noble caballero. Sé que hubiera querido, seguramente, desintegrar su cuerpo bajo el amparo eterno de la misma greda que deleitó con su fecundo y alegre periplo vital. Pero aquí, como allá representa, en su yacente sepultura, el andante caballero de superiores ideales.
He querido deshojar esta nota recordatoria y post mortem, en memoria de este varón que exprimió el jugo de la vida sin problemas; que rindió culto a la existencia alegre y fue, junto con sus entrañables amigos, forjador del progreso por cuanto en el remolino de su sana bohemia, marcó los hitos culturales de la comarca. Lo hago hoy cuando encuentro que todo ha cambiado y la crisis de los valores en la amada región languidece en una aguda y desenfrenada rebatiña del poder y de intereses sin grandeza.’
(Es copia del periódico El Siglo, de fecha sábado 13 de marzo
de 1971

SOLI, EL INTREPIDO GUERRERO CHIMILA

Solí, el intrépido guerrero chimila
Por David Escobar Gómez
Una mañana salí a montear con mi hermano llamado “Er zaino”de un momento a otro, hubo un silencio absoluto y profundo después de ver a los pájaros salir despavoridos y con su algarabía de terror nos asustamos también, era como si el mundo se hubiera desinflado, no se escuchaba nada, recuerdo y los pelos del cogote se levantan.
Con el pabellón de la oreja a la expectativa y en medio de ese mutis, entonces, escuchamos claramente un ronquido del grosor ni el mismo tigre; pero que va, si el rugir del tigre lo conocíamos muy bien, porque en las noches, nos levantaban manadas de tigres rugiendo por entre el monte al mismo tiempo, que tú no sabías si lo tenías adelante o por detrás y por eso digo: nada de tigre. ¡Por nuestros antepasados! que estaba asustado. Y eso que yo era un guerrero de experiencia, pero confieso: estaba a punto y medio de hacer del cuerpo. En esas, con el corazón latiendo con rapidez volvimos a escuchar el pito sordo. En realidad la juventud es atrevida y no mide las consecuencias; en vez de huir nos fuimos a ver lo que era, arrastrados llegamos a un claro del boscaje y lo que fuese repitió su rugido, pero no era de bravura ni fiereza que da la rabia, más bien con tono de enfermo pidiendo ayuda.
Nos acercamos más con cuidado de no hacer ruido, que parecía que andábamos como la neblina o el humo, hasta que llegamos al claro y lo vimos: era animal como un venado sin ser venado, de patas ni la danta, no pequeña como la guartinaja[DE1] , pero grande como hermana danta que ya dije; pero sin ser ni tapir[DE2] ni zaino[DE3] grande. Nos acercamos al claro por el lado opuesto al que llegamos, y Yo fui el que se acercó rozando la barriga a la Madre Tierra y llegué a tres brazos de sus patas viendo como con su cola espantaba la plaga, llegué tan cerca, que si hubiera querido darme una patada, ¡ay! que me la hubiese dado por el lado de la frente y, en esa expectativa revuelta con miedo y ganas de churritar[DE4] , el animal nos echó de pronto su cagada y corrimos despavoridos hasta llegar extenuados a donde estaba el grupo Chimila[DE5] y les contamos lo que habíamos visto con nuestros ojos. Fue la primera vaca que mis ojos vieron, en después, conocí burro, lo mismo que caballo, luego: medio burro, medio caballo; pero nunca mitad vaca, mitad caballo, ni mitad mujer mitad manatí. Si; vi una vez, en el Caño[DE6] de las Mujeres de la población de Plato: mitad hombre[DE7] mitad caimán, comiendo pan y mamando ron.



[DE1]Roedor anfibio de América de carne apreciada, también llamada guagua

[DE2]La misma danta, del tamaño de un burro

[DE3]Cerdo salvaje más pequeño que el jabalí europeo.

[DE4]Esfínter flojo por el miedo. Una diarrea.

[DE5]Indígenas que no se dejaron someter.

[DE6]Caño: canal de desagûe de las ciénagas.

[DE7]El mito del Hombre caimán de Plato